Eichmann en Jerusalén por Hannah Arendt

Eichmann en Jerusalén es una crónica/ensayo escrita por la filósofa alemana Hannah Arendt sobre el juicio que tuvo lugar en Jerusalén en 1961, contra un teniente coronel de las SS llamado Adolf Eichmann.

La repercusión que tuvo este escrito entre el pueblo judío no fue tan positiva como se había podido imaginar su autora, más bien al contrario. Eichmann en Jerusalén provocó un impacto entre la población judía porque en él se explicaba de forma bastante neutral los hechos acontecidos durante el juicio.

El pueblo judío, sobre todo, los altos representantes de Israel, querían que se hiciera justicia contra este criminal de guerra, por ese motivo se decepcionaron un poco/mucho, cuando comprobaron que lo que Hannah Arendt había escrito era un ensayo donde se analizaban diferentes aspectos de la vida de Eichmann (su entorno y contexto socio-político) para poder estudiar desde una visión analítica cuáles habían podido ser los motivos principales que hicieran de este criminal su forma de ser o de actuar (por decirlo de alguna manera).

El hecho de que el libro esté exento de juicios de valor por parte de su escritora tuvo sus refractores, sobre todo, entre los ciudadanos judíos. Debemos recordar que Hannah Arendt procedía de una familia alemana judía, que al igual que muchos de sus compatriotas, tuvo que emigrar a Estados Unidos mientras en su país natal se estaban cometiendo deportaciones y asesinatos atroces contra la población judía.

A continuación, y fieles a nuestra práctica habitual, os mostraremos algunos de los fragmentos de esta obra, para que de esa manera vayáis “haciendo boca”, y os entre el gusanillo de saber algo más sobre nuestra atroz historia “reciente”. Libro recomendable al cien por cien.

‘Otto Adolf Eichmann, hijo de Karl Adolf y Maria Schefferling, detenido en un suburbio de Buenos Aires, la noche del 11 de mayo de 1960, y trasladado en avión, nueve días después, a Jerusalén, compareció ante el tribunal del distrito de Jerusalén el día 11 de abril de 1961, acusado de quince delitos, habiendo cometido, “junto con otras personas”, crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, durante el período del régimen nazi, y, en especial, durante la Segunda Guerra Mundial. La Ley (de Castigo) de Nazis y Colaboradores Nazis de 1950, de aplicación al caso de Eichmann, establecía que “cualquier persona que haya cometido uno de estos… delitos… puede ser condenada a pena de muerte”. Con respecto a todos y cada uno de los delitos imputados, Eichmann se declaró “inocente, en el sentido en que se formula la acusación”.

… En primer lugar, según él (Eichmann), la acusación de asesinato era injusta: “Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente”. Más tarde matizaría esta declaración diciendo: “Sencillamente, no tuve que hacerlo”. Pero dejó bien sentado que hubiera matado a su propio padre, si se lo hubieran ordenado…

… Durante el juicio, Eichmann intentó aclarar, sin resultados positivos, el segundo punto base de su defensa: “Inocente, en el sentido en que se formula la acusación”. Según la acusación, Eichmann no solo había actuado consciente y voluntariamente, lo cual él no negó, sino impulsado por motivos innobles, y con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos. En cuanto a los motivos innobles, Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un innerer Schweinebund, es decir, un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad. Evidentemente, resulta difícil creerlo. Seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre “normal”. “Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle”, se dijo que había exclamado uno de ellos…

…La jactancia era el vicio que perdía a Eichmann. Eran pura fanfarronada las palabras que dijo a sus hombres en los últimos días de la guerra: “Saltaré dentro de mi tumba alegremente, porque el hecho de que tenga sobre mi conciencia la muerte de cinco millones de judíos [o “enemigos del Reich”, como siempre aseguró haber dicho] me produce una extraordinaria satisfacción”. No dio el salto, y si tenía algo sobre su conciencia, no eran asesinatos, sino, como resultó, el haber abofeteado, en una ocasión, al doctor Josef Löwenherz, jefe de la comunidad judía de Viena, que después se convirtió en uno de sus judíos favoritos. Cuando sucedió este hecho presentó sus excusas delante de su plana mayor, pero el incidente no dejó de preocuparle en momento alguno. Pretender atribuirse la muerte de cinco millones de judíos, aproximadamente el total de pérdidas sufridas a causa de los esfuerzos combinados de todas las oficinas y autoridades nazis, era absurdo, y él lo sabía perfectamente, pero siguió repitiendo la horrible frase ad nauseam a cualquiera que quisiera oírla, incluso doce años más tarde en Argentina, porque le causaba “una extraordinaria sensación de júbilo el pensar que hacía mutis de la escena en esta forma”…

… Pero la jactancia es un vicio corriente. Un defecto más determinado, y también más decisivo, del carácter de Eichmann era su incapacidad casi total para considerar cualquier cosa desde el punto de vista de su interlocutor. En ninguna parte se hizo más evidente este defecto que en el relato del episodio de Viena. Él y sus hombres y los judíos “trabajaban en estrecha colaboración”, y siempre que surgía alguna dificultad los representantes judíos corrían a él “para aliviar sus corazones”, para explicarle “todas sus penas y tristezas” y pedirle ayuda. Los judíos “deseaban” emigrar, y él, Eichmann, estaba allí para ayudaros, porque sucedía que, al mismo tiempo, las autoridades nazis habían expresado el deseo de ver al Reich judenrein. Los dos deseos coincidían, y él, Eichmann, podía “hacer justicia a ambas partes”.  En el juicio de Jerusalén no cedió ni un ápice cuando se llegó a esta parte de la narración, aunque estuvo de acuerdo en que hoy en día, cuando “han cambiado tanto los tiempos”, los judíos quizá no estuvieran muy contentos de recordar la colaboración prestada, y él no quería “herir sus sentimientos”…’

En fin, por algo Hannah Arendt habló sobre la “banalidad del mal” una vez conocido a este personaje… Sigan leyendo!

Texto extraído de: Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, DeBOLS!LLO, Barcelona, 2011