El Príncipe, de Maquiavelo

El Príncipe de Nicolás Maquiavelo o –nombrándolo de la forma correcta-, Niccolò Machiavelli, es uno de los libros de referencia para todo aquel que quiera conocer uno de los pilares fundamentales donde descansan las ciencias políticas.

Para empezar os haré una breve introducción sobre la vida de Maquiavelo: nació el 3 de mayo de 1469 en Florencia. En 1498, concretamente el 19 de junio, Maquiavelo fue elegido secretario de la Segunda Cancillería de la República; un mes más tarde adquirió, también, el puesto de secretario del Consejo de los Diez asumiendo el control de la diplomacia y la dirección de la guerra.

Pasado unos pocos años, en 1507, Maquiavelo recibió el cargo de secretario de los Nueve de la Milicia, este organismo se encargaba de reclutar y organizar la milicia ciudadana con la finalidad de garantizar la defensa de la República.

Pero cinco años más tarde, en el 1512, Maquiavelo perdió todos sus cargos políticos debido a la derrota que sufrió la República en manos de los Medici. Entonces, fue condenado al “ocio forzado”, tiempo que aprovechó para escribir sus obras más importantes: El Príncipe, Del arte de la guerra y Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

He escogido uno de los capítulos del libro para ilustrar a modo de ejemplo las reflexiones que Maquiavelo elucubraba sobre las mejores formas de gobernar. Por supuesto, en El Príncipe veréis que existen unas cuantas formas más, por eso mismo os invito a que lo conozcáis y juzguéis por vosotros mismos.

Del principado civil

‘Pero, llegando al segundo procedimiento, es decir, cuando un ciudadano privado se convierte en príncipe de su patria no por medio de crímenes y otras violencias intolerables, sino con  el favor de sus ciudadanos, surge así un principado al que podríamos llamar civil (para llegar al cual no es necesario basarse exclusivamente en la virtud o exclusivamente en la fortuna, sino más bien en una astucia afortunada), digo que se asciende a dicho principado o con el favor del pueblo o con el favor de los grandes. Porque en cualquier ciudad se encuentran estos dos tipos de humores: por un lado, el pueblo no desea ser dominado ni oprimido por los grandes, y, por otro, los grandes desean dominar y oprimir al pueblo; de estos dos contrapuestos apetitos nace en la ciudad uno de los tres efectos siguientes: o el principiado, o la libertad, o el libertinaje.

El principado es promovido o por el pueblo o por los grandes, según sea una parte u otra la que encuentre la oportunidad; porque los grandes, viendo que no pueden resistir al pueblo, comienzan a aumentar la reputación de uno de ellos y lo hacen príncipe para poder a su sombra desfogar su apetito. El pueblo, por su parte, viendo que no puede defenderse ante los grandes, aumenta la reputación de alguien y lo hace príncipe a fin de que su autoridad lo mantenga defendido. El que llega al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad que el que lo hace con la ayuda del pueblo, porque se encuentra –aun siendo príncipe- con muchas personas a su alrededor que se creen iguales a él y a las cuales no puede ni mandar ni manejar a su manera.

Sin embargo, el que llega al principado con el favor popular se encuentra solo en su puesto y a su alrededor hay muy pocos o ninguno que no estén dispuestos  a obedecer. Además, de esto, no se puede –con honestidad y sin causar injusticias a otros- dar satisfacción a los grandes, pero sí al pueblo, porque el fin del pueblo es más honesto que el de los grandes, ya que éstos quieren oprimir y aquél no ser oprimido. Además, si el pueblo le es enemigo, jamás puede un príncipe asegurarse ante él, por ser demasiados; de los grandes sí que puede, pues son pocos.

Lo peor que puede esperar un príncipe del pueblo enemigo es verse abandonado por él, pero si sus enemigos son los grandes, no solamente ha de temer que lo abandonen, sino incluso que se vuelvan en su contra, porque –habiendo en ellos mayor capacidad de previsión y más astucia- no pierden el tiempo si se trata de salvarse y tratan de conseguir los favores del que presumen será vencedor. El príncipe, además, está forzado a vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede pasarse sin los mismísimos grandes, pues está en condiciones de hacerlos y deshacerlos cada día y de darles o quitarles renombre según su propia conveniencia.

Para clarificar mejor estos puntos digo que los grandes adoptan con respecto a un príncipe nuevo dos actitudes fundamentales: o bien se vinculan completamente a tu suerte o no. En el primer caso es preciso –siempre que no sean aves rapaces- amarlos y recompensarlos; en el segundo caso hay que examinarlos de dos maneras: o hacen eso por pusilanimidad y falta natural de ánimo, y entonces deberás servirte especialmente de aquellos que son competentes en alguna disciplina, a fin de que en la prosperidad te honres en ellos y en la adversidad en nada les tengas que temer. Pero cuando no se te unen a propósito y por causa de su propia ambición, es señal de que piensan más en ellos mismos que en ti. El príncipe se deberá guardar de ellos y temerlos como si fueran enemigos declarados, porque en los momentos de adversidad contribuirán siempre a su ruina.

Quien alcanza el principado mediante el favor del pueblo debe, por tanto, conservárselo amigo, lo cual resulta fácil pues aquél solamente pide no ser oprimido.  Pero aquel que, contra el pueblo, llegue al principado con el favor de los grandes debe por encima de cualquier otra cosa tratar de ganárselo, cosa también fácil si se convierte en su protector. Y dado que los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban iba a causarles mal, se sienten más obligados con quien ha resultado ser su benefactor, el pueblo le cobra así un afecto mayor que si hubiera sido conducido al principado con su apoyo. El príncipe se puede ganar al pueblo de muchas maneras, de las cuales no es posible dar una regla segura, al depender de la situación. Por eso las dejaremos a un lado, pero concluiré tan solo diciendo que es necesario al príncipe tener al pueblo a su lado. De lo contrario no tendrá remedio alguno en la adversidad.

Nabis, príncipe de los espartanos, sostuvo el asedio de toda Grecia y de un ejército romano victoriosísimo, consiguiendo defender contra todos ellos su patria y su Estado; solamente necesitó, cuando le vino encima el peligro, defenderse de unos pocos, cosa que le hubiera resultado insuficiente si el pueblo hubiera sido enemigo suyo. Y que nadie rechace esta opinión mía con aquel proverbio tan trillado de que quien construye sobre su pueblo, construye en el barro, porque esto es verdad cuando quien se funda en el pueblo es un ciudadano privado que se imagina que el pueblo lo salvará cuando se encuentre acechado por los enemigos o por los magistrados. En este caso se podrá encontrar engañado a menudo, como ocurrió en Roma a los Graco y en Florencia a messer Giorgio Scali. Pero si quien se apoya en el pueblo es un príncipe capaz de mandar y valeroso, que no se arredra ante las adversidades, ni omite las otras formas convenientes de defensa, que con su ánimo y sus instituciones mantiene a toda la población ansiosa de actuar, tal príncipe jamás se encontrará engañado por él y comprobará que ha construido sólidos fundamentos para su mantenimiento.

Estos principados suelen correr peligro cuando van a pasar del gobierno fundado en el favor de los ciudadanos al gobierno absoluto. La causa es que estos príncipes o gobiernan por sí mismos o por medio de magistrados. En el último caso su asentamiento es más débil y corre mayor peligro, puesto que descansan totalmente en la voluntad de aquellos ciudadanos situados al frente de las magistraturas, los cuales –sobre todo en los momentos de adversidad- pueden arrebatarle el Estado con facilidad, ya sea actuando en su contra, ya sea no obedeciéndole. Y en los momentos de peligro el príncipe ya no está a tiempo de asumir la autoridad absoluta, pues los ciudadanos y los súbditos, acostumbrados a recibir las órdenes de los magistrados, ya no están, en momento de tempestad, para obedecer las suyas, por lo que siempre carecerá cuando la situación sea incierta de personas en las que pueda poner su confianza. Un príncipe que se encuentre en esa situación no puede apoyarse, por tanto, en lo que ve en los momentos de calma, cuando los ciudadanos tienen necesidad del Estado, pues entonces todo el mundo corre, todo el mundo promete y cada uno quiere morir por él, entonces que la muerte está lejos; pero en los tiempos adversos, cuando el Estado tiene necesidad de los ciudadanos, entonces encuentra pocos que se presenten con esa disposición. La experiencia de pasar de un gobierno civil a otro absoluto es, además, tanto más peligrosa cuando que solamente se la puede realizar una vez. Por eso un príncipe prudente debe pensar en un procedimiento por el cual sus ciudadanos tengan necesidad del Estado y de él siempre y ante cualquier tipo de circunstancias; entonces siempre le permanecerán fieles.’

Texto extraído del libro El Príncipe,  Nicolás Maquiavelo, Alianza Editorial, Madrid, 2005