¿Existe la inmortalidad?

¿Existe la inmortalidad?
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Ante la sorprendente pregunta que se nos formula sobre si existe la inmortalidad, quizás sería muy atrevido responder que sí, ¿no?

¿Qué pensáis?, ¿qué haríais vosotros? Responderíais: ¿Sí o no? ¡Difícil cuestión!

Pues, quizás lo más acertado sería decir que depende, ¿no? Pero, ¿de qué?

Pues, veréis, en este artículo nos hemos propuesto defender la inmortalidad, sí, pero, desde una perspectiva nada actual, muy al contrario. Lo que hemos pensado es lo siguiente: os vamos a contar cómo los antiguos griegos (algunos) vivían en y para la inmortalidad.

Para ello hemos escogido un libro titulado El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia, de Jean-Pierre Vernant, el cual nos ha servido de inspiración y de referencia para explicaros en qué consiste “eso” que llamamos inmortalidad desde un punto de vista clásico. Además, dicho libro también está basado en el mítica obra de la Ilíada de Homero.

En realidad, considero que es una historia que os podría gustar. Si en verdad estáis interesados en ampliar vuestra mirada sobre temas universales y, descubrir cómo los antiguos pensaban y actuaban en base al concepto de la inmortalidad, esta es vuestra oportunidad.

Así qué, a continuación os explicaremos un poco de qué va.

¿Qué es la bella muerte?

En la Antigua Grecia existía el concepto de la “bella muerte”. Este tipo de muerte estaba sujeta a una serie de requisitos, como por ejemplo: debía ser un guerrero joven, valiente y virtuoso que moría en combate en la flor de la vida. Este tipo de hazaña estaba destinada a aquellos guerreros que aún sabiendo que morirían jóvenes y en combate, querían hacer de su muerte algo más que el fin de sus vidas.

En aquellos tiempos, todo guerrero deseaba una muerte gloriosa que fuera recordada en tiempos venideros, en definitiva, era la inmortalidad futura lo que deseaban conseguir aunque tuvieran que poner fin a su vida a temprana edad. Así se enfrentaba Héctor a la muerte tal y como que se expone en la Ilíada de Homero: No, no puedo concebir morir sin lucha ni sin gloria (akleiôs), sin realizar siquiera alguna hazaña cuyo relato sea conocido por los hombres del mañana (essoménoisi pythésthai).

La bella muerte era a su vez la muerte gloriosa que todo guerrero anhelaba. Morir en combate en estas circunstancias otorgaba al guerrero una serie de virtudes que solo los mejores (los áristoi) consiguían. El guerrero muerto en batalla era un hombre valeroso, rodeado de múltiples virtudes entre las cuales figuraba la mejor de ellas, que no es otra que la consecución de la areté, máxima distinción que todo héroe debía poseer.

Aquiles era el héroe que desde su nacimiento sabía que su destino era la bella muerte. No lo dudaba ni un instante cuando se le daba a elegir entre la gloria inmortal, aunque pereciera joven, o una larga existencia pero sin gloria. Sabía que su nombre dejaría huella en la inmortalidad. Toda su breve vida estaba acompañada de un aura de gloria y de honor que excedía la vida de cualquier otro héroe contemporáneo.

Lo que preocupaba a Aquiles y a cualquier otro valiente guerrero era la propia condición humana del paso del tiempo, sobre todo la vejez. La hazaña histórica buscaba esa huida del tiempo. Mediante la bella muerte el guerrero ambicionaba la gloria imperecedera, sustrayéndose así, al tiempo, al envejecimiento y a la muerte tardía e innombrada. Los hechos heroicos perduran y se recuerdan a lo largo de los siglos, lo contrario sería la muerte indigna y olvidada: la verdadera muerte es el olvido, el silencio, la oscura indignidad y la ausencia de renombre.

La perdurabilidad de la existencia heroica se transmitía a través de la poesía oral, en concreto la poesía épica. La poesía no era solo un estilo literario de puro divertimento, sino que ejercía una función social y educativa. Mediante la poesía épica se exaltaba el honor heroico y con ello la particularidad y la individualidad del guerrero en relación con los otros. El canto poético servía a modo de enseñanza en la Grecia arcaica; mediante su canto, las hazañas épicas quedaban fijadas en el tiempo asegurando su existencia y perdurabilidad. La individualidad del guerrero servía de referente y al mismo tiempo lo diferenciaba del resto de la sociedad.

¿Qué es la hebé?

Haber muerto joven, en el campo de batalla, conservando la areté viril era aquello que anhelaban los hombres que querían ser recordados por la historia. Morir en estas circunstancias significaba perdurar en el tiempo siempre joven, asentado en una definitiva juventud. Pero lo que realmente se valoraba y se lloraba en la muerte del joven guerrero era la vida y la hebé perdida a tan temprana edad.

La hebé era una cualidad propia que solo unos pocos guerreros poseían. La hebé estaba compuesta por un conjunto de habilidades físicas que hacían del guerrero una persona vigorosa y ejemplar en la batalla, por eso la pérdida de una persona que poseía estas cualidades se lloraba doblemente, pues con la muerte también se perdían. La hebé es carismática, reservada solo a la élite de los héroes, el más valeroso adversario de Aquiles es aquel que, más que un amigo, es un doble suyo.

Los rituales de la muerte

La muerte del joven guerrero también era bella porque bello era el joven guerrero por su propia condición de juventud. Como dice el rey Príamo, incluso la muerte le queda bien al joven guerrero, palabras que son pronunciadas ante la inminencia de su propia muerte, la de un hombre anciano.

Pero la muerte en combate presenta una doble cara. En primer lugar, si el difunto es un joven guerrero los ritos funerarios se celebraban con una serie de actos en su honor. El cadáver se disponía según marcaba los rituales. Mediante un conjunto de prácticas funerarias el cadáver se preparaba de la forma adecuada para que pudiera pasar a la otra vida y fuera bien recibido en el Hades.

En la Grecia arcaica se tenía la creencia que la psykhé (que ahora diríamos el alma) se liberaba del cuerpo una vez este estaba muerto, pero también tenían la necesidad de preparar el cuerpo de una manera especial para que ambos consiguieran traspasar los umbrales definitivos de la muerte. Porque la muerte no supone la mera privación de la vida, la simple defunción; consiste en una transformación donde el cadáver es a la vez instrumento y objeto, una transmutación del sujeto operada en y por el cuerpo. De esta manera los ritos funerarios aseguraban que el difunto dejara totalmente de pertenecer a este mundo en su tránsito al más allá donde residían los difuntos.

La aikía

Por otro lado, la muerte también tenía otra cara denominada aikía. Mediante la aikía el guerrero vencedor ultrajaba el cadáver de su adversario muerto. Era característico en las prácticas que se hacían servir en la aikía la mutilación de los cuerpos. Aunque también había muchas otras cuyo objetivo final perseguía la desfiguración del cadáver, para que de esta manera no pudiera ser reconocido. Es lo que pretendía hacer Aquiles ante el cadáver de Héctor, ultrajando la bella muerte gloriosa de su enemigo privándole de esa manera de los homenajes funerarios.

Conclusión

Como conclusión podríamos decir que la muerte en Grecia, como hemos visto anteriormente, poseía dos caras, por un lado la muerte era el ideal de la vida heroica, pero por otro lado era el olvido del héroe cuando este era mancillado y ultrajado de todas las maneras posibles una vez muerto. En ambos casos el sentido o significado de la muerte era distinto.

Ante el ideal heroico, la bella muerte era el ejemplo a seguir por todas las virtudes que se desprendían de ella. Del mismo modo, la bella muerte era loada y cantada por los poetas épicos, de ese modo fijaban las hazañas heroicas en la posteridad. Por otro lado, el canto épico realizaba también una función social al rememorar constantemente la gloria de los héroes difuntos. Mediante este recurso el muerto se inscribía en el mundo de los vivos, era como si nunca hubiera muerto en su totalidad.

Para los griegos la singularidad individual pasaba por ser recordado en la posteridad. Era la epopeya en forma de poesía oral la que se encargaba de revivir en cada momento su condición de héroe, que no dejaba de ser un referente para el conjunto de la sociedad. Así es como se creaba una especie de memoria colectiva que intentaba recuperar del olvido el ideal del héroe glorioso para incorporarlo dentro de su organización social. Se producía como una idealidad de la muerte, convirtiendo la bella muerte en un ideal de vida.