Hogar dulce hogar, segunda parte

Hace tan sólo unos días escribimos un artículo sobre el hogar, en el que indicábamos a través de una pequeña pincelada qué significaba para nosotros (los humanos)  este lugar.

Llegamos a la conclusión de que el hogar no era otra cosa que nuestra morada, lugar de recogimiento y privacidad, en el cual nos sentíamos a gusto con nosotros mismos, porque éramos los dueños de nuestro propio espacio privado.

Más o menos aunque con otras palabras, llegamos a expresar la sensación de privacidad y de seguridad que nos confiere tener un hogar, una casa o un refugio en los que solemos  habitar gran parte de nuestro tiempo.

Pero, de lo que no hablamos fue de los períodos de tiempo en los que estamos fuera del hogar. Tiempo dedicado – en gran parte-, al trabajo, o a los estudios, o a las vacaciones, o sencillamente a los mil y un motivos que hay para estar fuera de casa.

No obstante, no nos interesa ahora hacer una disertación sobre las circunstancias que hacen que nos situemos temporalmente fuera de nuestra residencia, sino que, lo que realmente nos importa es la vuelta a casa, el regreso a la “home”, a nuestro hogar.

El regreso al hogar

Pues eso, lo dicho, el regreso al hogar es lo que nos merecemos después de haber pasado gran parte de nuestro tiempo vital en lugares como el trabajo, el instituto, la universidad, el médico, la biblioteca, el supermercado, la cola de correos, la cola del banco, la cola de la administración de loterías…, en fin, cómo podéis ver son muchos los sitios en los que “gastamos” (utilizando una expresión inglesa) nuestro maravilloso tiempo.

Y es que si nos ponemos a pensar qué es lo que estamos haciendo con nuestro tiempo, es decir, esa parte crucial de nuestra vida que lo llena por completo sin apenas darnos cuenta… realmente da vértigo.

Tiempo en el trabajo, tiempo en los estudios, tiempo para… Y para nosotros mismos qué, ¿cuándo tenemos tiempo?

¿No tienes la impresión que a veces tienes que “robar” el tiempo de donde sea para poder estar un poco a solas contigo mism@?

Realmente, en ocasiones parece que tienes que hacer malabarismos para poder llevar a cabo todo aquello que te has propuesto hacer en un determinado periodo de tiempo. Y, una vez que por fin lo has podido acabar, ¿no es tiempo de descansar? ¿Verdad? ¿No es hora de hacer un “kit kat” estando relajaditos en casa, en nuestra casa?

Síiii, pensar que cuando llegemos a nuestro querido hogar nos estará esperando tranquilamente nuestro confortable sofá, en nuestro cálido salón, con sus múltiples cojines en los que acurrucarnos después de un agotado día fuera de casa.

Puf!, sí, qué ganas de llegar a casa, tumbarte en el sofá, encender las lámparas de luz suave y cálida, quitarte el calzado y toda la ropa y vestirte cómodamente y tomar algo que alegre tu garganta y encender el televisor para pasar de todo o escuchar música o conectar el ordenador y sumergirte en YouTube y perderte en su universo, y…

Son tantas las cosas que te vienen de gusto hacer cuando llegas a casa, que francamente sería un no acabar de relatar “casuísticas” varias. Aunque por otro lado, paradójicamente, son muchas las ocasiones que cuando por fin entras en casa después de una dura jornada laboral o estudiantil, o lo que sea, realmente no tienes ganas de hacer nada, completamente nada.

No obstante, en la mayoría de los casos, justo en el momento que llegas a casa y abres la puerta de entrada a tu hogar, entonces la realidad pega un brinco y te atrapa y es cuando escuchas a tus hijos reclamar tu presencia, o a tu marido o a tu mujer o a tus padres o suegros o mascotas…

¡Bienvenido al hogar!, o como se diría en inglés que suena más “cool”: Wellcome home!

Y es que si esperabas que en casa podías estar más tranquilo que fuera de ella, eso, querido amig@, no siempre se cumple de esa manera. Que aunque el refrán popular diga: “que como en casa, en ninguna parte” (o algo parecido), quizás nos vendría bien, de vez en cuando, estar en otras “partes” fuera de casa (aunque sea a ratos, ¿no?).