La filosofía de David Hume

La filosofía de David Hume
4.8 (95.38%) 117 votos

Retrato de David Hume. Foto primer plano de semi perfil sobre fondo negro.
La filosofía de David Hume

David Hume (1711-1776) nacido en Edimburgo (Escocia) fue uno de los filósofos empiristas de la era moderna con mayor relevancia para la historia de la filosofía.

Hume procedía de una familia pudiente de la época; siendo hijo de un abogado decidió seguir los pasos de su padre y estudiar derecho, pero dichos estudios no se finalizaron. Abandonó la carrera de derecho y se trasladó a Francia, en concreto a La Fléche, donde estudió filosofía (por cierto, lo hizo en el mismo lugar donde había estudiado Descartes).

De toda su obra destacaríamos como la más importante los siguientes libros: Tratado sobre la naturaleza humana, el cual lo escribió a la edad de 25 años durante su estancia en Francia (el cual consta de dos volúmenes), Investigación sobre el entendimiento humano e Investigación sobre los principios de la moral.

En términos generales podríamos decir que la teoría de Hume trataba de enfrentar en todo momento la teoría dogmática de Descartes.

En otras palabras, nos encontramos con un Hume que se bate en duelo entre su propio escepticismo empirista y el racionalismo dogmático de René Descartes.

Intentaremos explicarnos un poco mejor: para Descartes el fundamento del conocimiento descansaba sobre las ideas innatas. Sin embargo, Hume afirmaba que el criterio de verdad para adquirir el conocimiento se basaba en el principio de la copia. Esto quiere decir qué, para que algo sea verdad, ese algo deriva previamente de una impresión. Por ejemplo, el color “azul” es una idea cierta porque tenemos la impresión de ella. En cambio, la “sustancia” no es una idea cierta porque no tenemos ninguna impresión de ella.

Claramente, Hume está considerado como un escéptico. Para él, el mundo no es el de las verdades absolutas, sino el de las verdades probables y cambiantes. Pero mejor, vamos por pasos y a continuación os explicamos de qué va la teoría filosófica de David Hume.

Introducción a la filosofía de Hume

La mayoría de los filósofos persiguen descubrir el por qué de las cosas. Hume fue uno de ellos, por ese motivo dedicó gran parte de su obra a desvelar los misterios del conocimiento. Para ello, David Hume partió de unas premisas básicas que consistían en hacer un análisis sobre:

Primero: revisar el criterio de verdad a través del principio de la copia, es decir, solo será verdad aquella idea que sepamos de qué impresión procede.

Segundo: hacer una crítica sobre las ideas de sustancia y causa ya que sabemos que no provienen de ninguna impresión sensible.

Tercero: hacer una crítica sobre las (famosas) ideas innatas de Descartes, es decir, las ideas del “yo”, “Dios” y “mundo”.

¿Qué son las impresiones y las ideas en Hume?

Hume no estaba de acuerdo con la forma en la que John Locke (empirista) había utilizado el concepto de idea. Para Locke, la “idea” era todo aquello que el ser humano conoce, como por ejemplo, los colores o los estados de conciencia (dos cosas en principio muy diferentes). En cambio, Hume consideraba que el concepto de “idea” solo designaba algunos contenidos del conocimiento.

Dibujo, caricatura del filósofo David Hume
David Hume

Hume, como buen empirista, afirmaba que los contenidos de la mente tenían su origen en la experiencia y, los datos que componen esta experiencia provienen de las percepciones que tenemos del mundo. Pero nuestras percepciones pueden dividirse en dos según el grado de intensidad: serían las impresiones y las ideas.

Las impresiones las podríamos definir como las sensaciones, pasiones o emociones, que se producen directamente por nuestra propia experiencia, sea esta interna o externa. Estas impresiones son de carácter más vivo e intenso.

Por otro lado estarían las ideas, que según Hume son como una especie de copias de las impresiones y su intensidad sería menor. La idea sería como un recuerdo que podemos obtener porque previamente ha habido una impresión causada por los sentidos. Sería algo así como las representaciones o las copias de las impresiones en el pensamiento. Por ejemplo, si cogiéramos una rosa, su fragancia la recordaríamos incluso después de no tenerla porque el recuerdo de su olor sería la idea de la fragancia de la rosa.

Después de esta distinción entre impresiones e ideas, Hume dirá que estas a su vez se dividen entre simples y complejas.

Las impresiones o ideas simples son aquellas que no se pueden dividir en otras percepciones, como por ejemplo la percepción del color rojo. En cambio, las percepciones complejas son aquellas que pueden dividirse haciendo un análisis del todo hasta reducirlo a sus partes. Por ejemplo, si vamos a una tienda y observo todo lo que hay en su interior: los productos, el mobiliario, etc, tendré una impresión compleja de lo que es una tienda y, cuando posteriormente la recuerde obtendré una idea compleja de la impresión de la tienda que tuve en aquel momento (más o menos).

A partir de esta distinción, Hume elaborará el criterio de verdad que utilizará siempre a lo largo de su obra. Lo definió como el “principio de la copia”, la cual indica que solo son verdaderas las ideas que provienen de una impresión.

Otros dos conceptos clave en la teoría del conocimiento de Hume se dividen en :

– Relaciones de ideas: verdades basadas en las matemáticas y la geometría: no necesitan de la experiencia para demostrar su verdad.

– Cuestiones de hecho: son verdades sintéticas. Es necesario recurrir a la experiencia para saber su valor de verdad. Por ejemplo, si decimos “está nevando” (ahora). Otra forma de entenderlo es la siguiente: si queremos saber si algo es verdad necesitamos conocer cuál es la relación entra la impresión y la idea. (Profundizaremos sobre el tema en otro momento).

Crítica al concepto de causa de Hume

Hume clasificaba los elementos del conocimiento en impresiones e ideas. Estaba fundamentando el empirismo más radical: si queremos saber si una idea es verdadera, lo que debemos saber es de qué impresión proviene ya que el límite de nuestro conocimiento son nuestras impresiones.

Bajo esta óptica, nuestro conocimiento queda limitado por:

Primero, nos debemos a nuestras impresiones actuales: las que vemos y sentimos.

Segundo, nuestros recuerdos provienen de impresiones pasadas.

Esto implica que no podemos tener ningún conocimiento sobre el futuro porque no tenemos impresiones sobre nuestro futuro. Solo podemos hacer previsiones sobre lo que sucederá en el futuro, por ejemplo, si cogemos un cazo de leche y la ponemos al  fuego sabemos que esta hervirá. Entonces, para justificar este conocimiento sobre cosas de las que no poseemos impresiones, Hume dirá que podemos suponer, aunque no con una certeza absoluta, la causa de las cosas que no han sucedido porque tenemos una experiencia interior que nos dice que cada vez que ha sucedido A también ha pasado B y, en base a ese conocimiento universalizamos nuestra verdad.

Hume dice que desde siempre hemos entendido mal la idea de causa. Hume dirá que creemos que la causa es la conexión necesaria entre A y B. Por ejemplo, cada vez que ponemos leche al fuego, hierve, pero afirma que esta conexión es errónea.

Hume dirá que la idea de conexión necesaria no es evidente a priori. Lo que conocemos a través de los sentidos es que, hasta ahora A ha sucedido antes que B, y, B ha sucedido a continuación de A. Pero, que exista una conexión necesaria no se puede comprobar. Sencillamente, nos hemos acostumbrado a “creerlo” de esa manera debido al mecanismo psicológico de la repetición, pero creer no es saber sino suponer, dirá Hume.

Hume niega la causalidad: dirá que en la idea de A no está incluida con carácter necesario la idea de B. Lo que existe realmente es la creencia en sí de que eso suceda, simplemente es un “hábito”. Hume lo ejemplifica de esta manera: “he visto muchas veces que pongo la leche al fuego y hierve, por tanto, tengo la creencia que esta asociación volverá a suceder. Por tanto, el conocimiento causal de hechos no es en rigor más que una suposición o creencia, que proviene del hábito o la costumbre pero no tengo ninguna garantía que, por ejemplo, el Sol salga mañana”.

En realidad entre A y B podría no existir ninguna relación de antecedente y consecuente. Otro ejemplo que pone Hume para explicar su teoría es el de las bolas de billar. Dice que el hecho que dos bolas choquen es un hecho que vemos a menudo, pero viendo la sucesión de movimientos no podemos adivinar cómo se producirá la jugada, en todo caso podemos tener una creencia o un sentimiento más o menos vago. No podemos dar razón de lo que sucederá en el futuro basándonos en nuestra experiencia del pasado; cuando lo hacemos solo estamos remitiéndonos al hábito o costumbre adquirido.

Crítica al concepto de sustancia de Hume

Hume defendía, tal y como hemos comentado un poco más arriba, que la causalidad no existe sino que mediante el hábito o la costumbre podemos explicar que los hechos sucedan de una determinada manera, sería su forma de explicar la causalidad. Esta idea también es clave para analizar el concepto de sustancia.

Hume afirma que podemos pasar de una impresión sensible a otra pero que nunca podemos pasar de una impresión a alguna cosa de la cual nunca hayamos tenido previamente impresión o experiencia. Por ejemplo, nunca hemos tenido experiencia de las ideas innatas cartesianas o del concepto de sustancia, por lo tanto, estas ideas no pueden existir.

Si la inteligencia puede llegar a creer que hay sustancia se debe sencillamente a una serie de errores que provienen de las asociaciones de ideas, ya que no tenemos una impresión directa sobre la existencia de la sustancia. Aquello que nos hace creer en las sustancias se debe al mecanismo psicológico del ser humano que nos lleva a considerar la constancia y repetición en las cosas, pero eso no tiene porqué implicar una necesidad lógica. Solo a través de la imaginación podemos llegar a creer en las sustancias (eternas, perfectas…) cuando la percepción nos indica un mundo hechos de cambios.

Crítica al concepto del Yo de Hume

Hume arremete también contra la idea innata del Yo cartesiano (cogito ergo sum) que defendía Descartes. Para este autor la idea del Yo provenía de la intuición como forma de conocimiento válido, claro y distinto. Con la intuición se llegaba al conocimiento de forma inmediata.

Hume critica el Yo como una realidad diferente de las impresiones y las ideas. La existencia del Yo como sujeto permanente y único de los actos psíquicos no es válido para Hume. Según Hume no existe ninguna impresión sensible que sea permanente, sino que el Yo está constantemente cambiando, en transformación.

En otras palabras, para Hume, la idea del Yo no tiene la identidad de un sujeto singular e inmutable, sino que está constituido por una relación entre percepciones y, por tanto, el Yo cambia cuando las percepciones cambian.

Nunca podremos conocer el Yo desprovisto de percepciones; del Yo no podemos conocer la sustancia sino el conjunto o conjunto de percepciones. El Yo está constantemente en transformación. Según Hume, el Yo es un conjunto de impresiones y sensaciones diferentes que van cambiando constantemente. Una persona no posee la misma identidad de cuando era pequeño o cuando se convierte en mayor. Es decir, no existe el Yo como sustancia diferente de las impresiones y las ideas. Cada ser humano es consciente del cambio conforme crece y evoluciona al igual que sus impresiones o ideas.

Hume dirá que si poseemos autoconciencia se debe a las facultades de la memoria y la imaginación. Dice que gracias a estas facultades reconocemos la conexión que existe entre las diferentes impresiones que se suceden. El error consiste en que confundimos sucesión e identidad.

Crítica al concepto de Dios de Hume

Hume también niega que Dios puede ser considerado causa del mundo porque el concepto de causa para él no tiene sentido.

Solo son legítimas las ideas que provienen de las impresiones, pero de Dios no tenemos ninguna impresión, por ese motivo no podemos responder sobre la existencia de Dios porque las impresiones constituyen el límite de nuestro conocimiento. Creer en un Dios creador del mundo es algo que no podemos afirmar aunque veamos que el mundo responda a un orden o diseño dado, esto es solo motivo de suposiciones o creencias.

Tenemos impresiones pero no sabemos de dónde proceden. El hecho de saber que las tenemos nos basta para vivir, sin necesidad de una idea que, como la de Dios, podría ser una ficción interesada. Para Hume la idea de Dios no sirve para justificar el origen de nuestras impresiones.

Crítica al concepto de mundo de Hume

Dibujo caricatura en blanco y negro de David Hume
Caricatura de David Hume

Ya hemos dicho que el conocimiento del mundo, de las “cosas” proviene de nuestras impresiones. Por otro lado, Hume no acepta la idea de causa porque según él podemos pasar de una impresión a otra, pero no podemos saber el origen de esas impresiones o la causa de esas impresiones. Es decir, conocemos mediante las impresiones pero no sabemos de dónde han salido esas impresiones y, por ese motivo, tampoco sabemos si existe una realidad diferente de nuestras impresiones o ideas.

Dicho de otra manera: conocemos el fenómeno pero no la “esencia” de la realidad. Toda la realidad se limita a las percepciones que tenemos de ella. Estaríamos dentro de la fenomenología. Solo conocemos el fenómeno producido por nuestras impresiones, pero más allá del fenómeno, de lo que se nos muestra por nuestras percepciones no lo conocemos.

Como tenemos esta limitación de conocimiento, el mundo que se nos presenta es también limitado. No tenemos principios indudables, nos fiamos de nuestras creencias. Gracias al hábito y a las costumbres, nuestros mecanismos psicológicos ayudados de la imaginación nos ayudan a construir el mundo.

Hume dirá que la creencia es un sentimiento provocado por la conjunción de una serie de hechos que acostumbramos a verlos uno detrás de otro. Gracias a nuestra imaginación construimos los acontecimientos futuros.

Por ese motivo, Hume se oponía a Locke en el sentido que este último afirmaba la existencia del mundo exterior a partir de la idea de causa, que Hume niega. Según Hume, el principio de causalidad solo se debe a una sucesión de impresiones que el ser humano, por costumbre, une entre sí sin que sepamos con certeza que una cosa sea causa de la otra.

Bien, y hasta aquí hemos explicado las principales características sobre la teoría del conocimiento del filósofo David Hume. Si os interesa conocer la filosofía de otro gran autor empirista, predecesor de Hume como fue John Locke, miraros estos otros artículos que hicimos hace un tiempo: La teoría del conocimiento de John Locke y El empirismo de John Locke.

No te pierdas: