World Press Photo ¿Todo vale?

El actual ganador del World Press Photo de este año 2017, Burham Ozbilici, ha sido premiado con el máximo galardón de este prestigioso concurso de fotografía, por haber fotografiado el asesinato del embajador ruso Andréi Kárlov mientras estaba presentando una exposición de fotografía en una galería de arte de Ankara (Turquía), a manos de un joven policía turco llamado Mevlüt Mert Altintas.

 

Sabemos que World Press Photo busca imágenes impactantes, originales y sobre todo que tengan relación con la actualidad. Es más, si nos dirigimos a la web de este organismo internacional nos encontramos que su principal misión consiste en lo siguiente:

Trabajamos para desarrollar y promover periodismo visual de calidad porque las personas merecen ver su mundo y expresarse libremente. La libertad de información, la libertad de investigación y la libertad de expresión son más importantes que nunca, y el periodismo visual de calidad es esencial para la presentación de informes precisos e independientes que hagan posible estas libertades.

Creo que todos deberíamos estar de acuerdo con la misión que persigue esta organización, cómo no, pero también creo que deberíamos plantearnos si todo vale, es decir, si con la finalidad de conseguir la mejor instantánea, la más impresionante, la que más nos impacte, entonces, debemos pensar que, ¿cualquier imagen vale?

Aun así, quizá deberíamos plantearnos la cuestión ética. ¿Es ético premiar una imagen donde se muestra la postura triunfadora y amenazante de un asesino después de haber matado a un hombre, mientras éste yace tendido en el suelo, muerto?

Este hecho nos puede recordar aquella imagen tan conocida, inmortalizada por el reportero de guerra Robert Capa, en la que aparece un soldado republicano español muerto en combate. Sabemos que esta fotografía fue polémica ya en su día, y sorprendió enormemente por la crudeza de la misma, ya que la imagen captaba la muerte del soldado en el justo y preciso instante que sucedía. Pero en aquella ocasión se trataba de una muestra gráfica ocurrida durante la Guerra Civil Española del 1936.

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No sé si esta comparación es lícita en al actual contexto, porque ahora no estamos en una situación de guerra, ¿verdad?, o, ¿sí que lo estamos?

Parece ser que el auge del terrorismo que estamos padeciendo en los últimos tiempos nos sitúa en un escenario novedoso difícil de definir. Hay personas que consideran que estamos ante un nuevo tipo de guerra, algo que hasta ahora nos era desconocido. Una guerra en la que todos nosotros somos o podemos ser víctimas potenciales. Porque es indiferente dónde vivas, ya sea en Oriente u Occidente, cualquier lugar, no importa cuál, puede ser susceptible de ser atacado impunemente y sin previo aviso.

Quizá si creemos en la validez de esta comparación, de estas dos realidades tan distantes en el tiempo, cualquier reflejo de la realidad deba capturarse, mostrarse e incluso premiarse. Porque si es así, lo que realmente me sorprende es la celebridad que otorgamos a según qué imágenes, cuando éstas adquieren un rango tan especial y honorífico. ¿Hasta qué punto el espectáculo domina nuestra razón?

Mi crítica no va dirigida hacia los reporteros gráficos, porque considero que estos profesionales realizan un trabajo duro, que les obliga a estar siempre en primera línea, allí donde la noticia lo requiere. Gracias a ellos somos conocedores de horribles realidades, y eso, cómo no, despierta conciencias o al menos provoca acciones.

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Mi pregunta es la siguiente: ¿debemos premiar aquellas fotos que cuanto más crueles son, mejor consideración tienen para triunfar? ¿Cuáles son los criterios por los que se rige la elección de la mejor foto?  Porque, ¿Qué es lo que se está premiando con esa foto?

¡Ojo!, no es una crítica a la libertad de expresión, ya sea escrita o gráfica. Si hacemos un recorrido por la historia del arte nos podemos encontrar ante una multitud de barbaridades expresadas a través de las distintas disciplinas artísticas. Pero, cuando estamos tratando con la fotografía, y en este caso con la fotografía gráfica, estamos contemplando un reflejo de la realidad. Lo que hacemos es lidiar directamente con nuestra realidad más cercana, no es ficción, es algo auténtico, real, que nos interpela por su especificidad directa. Entonces, ¿todo vale? Es una pregunta que voy repitiendo contantemente, es como un mantra…

Curiosamente, mientras escribo este artículo he visto publicado en el periódico El País (24/02/17), otro artículo similar donde se subraya un posible efecto propagandístico subyacente en la última foto ganadora del World Press Photo sobre el terrorismo islámico. La tesis principal de este artículo versa sobre la idoneidad de esta imagen como elemento potenciador del terrorismo.

Sin embargo, lo que yo intento expresar no está tan relacionado sobre la ideología o la connotación política de la fotografía, sino más bien sobre la dimensión ética o la intencionalidad de la imagen en sí misma (si es que tiene tal intencionalidad).

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Está claro que un fotoperiodista persigue este tipo de fotografía, anhela captar imágenes únicas, significativas, impactantes, actuales, el “momento decisivo” como diría Henri Cartier- Bresson. Es más, la esencia del fotoperiodismo se fundamenta sobre estas bases, persigue congelar la inmediatez, lo sorprendente e inesperado.

Pero, pero…, vuelvo a la misma pregunta, ¿todo vale? Cuando el jurado del concurso del World Press Photo decide premiar con el mayor galardón la imagen del embajador ruso asesinado mientras su asesino lo celebra y reivindica en ese justo momento, instantes después de haber sucedido ese terrible hecho, exactamente, me pregunto, ¿Qué se está premiando? ¿Qué tipo de mensaje nos está transmitiendo esta institución internacional de nombrado reconocimiento? ¿El instante único? ¿El haber sido testigo “activo” del momento decisivo?

Reitero: debemos valorar la importancia de la imagen, cómo no, desde luego es impactante, es decir, cruelmente impactante, no te deja indiferente. Además, a este hecho se añade la repercusión mediática que ha tenido esta fotografía al haber sido noticia de portada de la mayoría de los noticieros y medios televisivos.

Por eso mismo, por la importante repercusión mediática que posee hoy en día cualquier noticia, considero que deberíamos proveernos de un código ético o simplemente tomar algunas consideraciones antes de galardonar, premiar o exaltar imágenes de este tipo.

Imágenes que nos violentan porque atacan directamente al respeto y la dignidad de las personas, y a veces eso es lo único que nos queda después de haberlo perdido todo. Miembros del propio comité o jurado encargado de seleccionar las fotos discrepaban sobre la idoneidad que esta imagen fuera premiada, lo cual avala la opinión que intento reflejar en este artículo.

En definitiva, y a modo de conclusión, la idea principal sobre la que se construye este escrito, y que de diferentes maneras ha ido surgiendo a lo largo del mismo, pivota básicamente sobre la cuestión ética. La cuestión ética debe colocarse en primer plano, sobre todo cuando el mensaje que transmitimos es ese, es decir, el premiar con el mayor galardón una fotografía que inmortaliza el justo instante de un asesinato mediante la figura triunfante del asesino.

Me gustaría subrayar de nuevo, no se trata en absoluto de un ataque a la libertad de expresión, ¡ni mucho menos!, sólo pretendo plasmar una crítica a la forma en la que en muchas ocasiones hacemos uso de este maravilloso derecho que poseemos.