La concordia de Giovanni Pico Della Mirandola

La filosofía del Renacimiento es, quizás, junto con la filosofía Medieval, dos de las etapas que menos reconocimiento se les otorga dentro del –podríamos nombrarlo de esta manera- cuerpo teórico del que se nutre la historia de la Filosofía Occidental.

Sin embargo, Giovanni Pico Della Mirandola fue uno de esos pocos filósofos y humanistas renacentistas que logró adquirir un mayor reconocimiento tanto en su época, a pesar de su escasa vida ya que falleció a la edad de treinta y un años, como en la actualidad.

La concordia de Giovanni Pico Della Mirandola procede de su sobrenombre, “Príncipe de la Concordia”, el cual se “ganó” por su afán de aunar en beneficio del ser humano, las diferentes culturas, saberes, religiones y filosofías de su época. De esa manera, el deseo de concordia humana se convirtió en el hilo conductor de toda su filosofía.

Giovanni Pico Della Mirandola nació en el castillo de la Mirandola el 24 de febrero de 1463 en la República de Florencia, falleciendo en 1494 en Florencia a causa, parece ser, de un envenenamiento a mano de sus servidores.

Cuando tenía catorce años, en 1477, empezó a estudiar en la Universidad de Bolonia en los estudios de derecho canónico, pero un año después abandona estos estudios, y en 1479 se trasladó a la Universidad de Ferrara donde amplió conocimientos de griego y latín.

En 1480 viajó a Padua y allí empezó a estudiar lenguas como el hebreo, el árabe y también la Cábala de manos de su profesor Elia del Medigo. Dos años más tarde, en 1482 se trasladó a París donde amplió conocimientos del griego y el hebreo, además de aficionarse a la poesía.

En 1484 G. Pico Della Mirandola regresó a Florencia y allí conoció al que sería su maestro intelectual, Marsilio Ficino, iniciador de la escuela neoplatónica del Renacimiento. La influencia de este gran personaje influiría enormemente en gran parte de su obra.

El grueso de su obra escrita se compone de textos como: Elegiaco carmine ad Deum deprecatoria; Epistula de genere dicendi philosophorum; Commento alla canzone d’amore; Apología; Heptaplus; Disputationes adversus astrologiam divinatricem y cómo no, el Oratio de hominis dignitate , conocido como el Discurso sobre la dignidad del hombre, del cual hemos extraído unos párrafos que expondremos a continuación.

Tal y como estamos haciendo desde hace un tiempo, en tiroriro.com, nos hemos propuesto mostraros algunos fragmentos de textos filosóficos para que de esa manera os vayáis introduciendo en la Historia de la Filosofía y en la obra de algunos de los filósofos que la componen.

En esta ocasión exponemos parte de un texto de uno de los grandes pensadores del Renacimiento italiano. Esperamos que os guste y de esa manera podáis seguir la saga de los  filósofos que os estamos e iremos mostrando más adelante.

 

Discurso sobre la Dignidad del Hombre

‘Muy honorables Padres. He leído en obras árabes que el sarraceno Abdalá, preguntado acerca de lo que en esta especie de escena del mundo se reputaba como más digno de admiración, respondió que nada podía considerarse más admirable que el hombre. Opinión con la que coincide la famosa expresión de Mercurio: “¡Ay Asclepio, qué gran maravilla es el hombre!”

Puesto a meditar acerca de la razón de tales sentencias, no me satisfacían las numerosas explicaciones de la excelencia de la naturaleza humana que muchos pensadores dan, a saber: que el hombre es el intermediario entre todas las criaturas, servidor de las superiores y rey de las inferiores; intérprete de la naturaleza por la agudeza de sus sentidos, por la capacidad inquisitiva de su mente y por la claridad de su inteligencia; punto de transición entre el mundo eterno y el tiempo cambiante y (lo que dicen los persas) cópula, o mejor, himeneo del mundo;y, como dice David, un poco inferior a los ángeles. Ciertamente que éstas son poderosas razones, pero no son en absoluto las principales, es decir, aquellas capaces de reclamar en derecho para él el privilegio de la admiración general. Pues, de ser así, ¿por qué no sentimos mayor admiración por los propios ángeles y los beatísimos coros celestiales? Finalmente me pareció que había comprendido por qué el hombre es el animal más afortunado y, por tanto, digno de toda admiración, y cuál es precisamente aquella condición que le ha tocado en suerte en la estirpe del mundo, codiciada no solo por parte de los seres irracionales sino también por la de los astros y de las inteligencias ultramundanas; cosa difícil de creer y, al propio tiempo, admirable -¿por qué no?-, ya que a causa de ello, y con justicia, se dice del hombre que es un gran portento y un animal digno ciertamente de admiración y así se le considera.

Pero oíd, Padres, cuál es esta condición y, por vuestra humanidad, considerad benignamente esta obra mía.

Ya Dios Padre y supremo Arquitecto había construido con las leyes de la arcana sabiduría esta casa mundana de la divinidad que tenemos a la vista, su templo augustísimo, había dignificado con espíritus inteligentes la región más elevada del cielo, animado los orbes etéreos con almas inmortales,colmado los hediondos muladares del mundo inferior con una multitud de animales de todas clases; pero, acabada su obra, el Hacedor deseaba que hubiera alguien capaz de sopesar el mérito de una tan grande creación, de amar su hermosura y de admirar su grandeza. Así purs, terminado todo esto (según atestiguan Moisés y Tineo), finalmente pensó en la creación del hombre. Sin embargo, ya no tenía ningún modelo a partir del cual conformar una nueva raza, ni en sus tesoros nada que legar en herencia al nuevo hijo, ni en las moradas de todo el orbe lugar donde ese contemplador del universo pudiese aposentarse. Ya todo estaba lleno: todos los espacios habían sido distribuidos a las clases superior, intermedia y baja de los seres. Mas no era propio del Poder paterno desfallecer en la recta final de la creación como si estuviese agotado…

Pero, ¿a qué todo esto? Para que entendamos -puesto que hemos nacido con la posibilidad de ser lo que queramos- que debemos cuidar de manera muy especial que nose nos eche en cara que, aun estando en una posición de privilegio, no nos dimos cuenta de ello y así nos volvimos semejantes a los animales irracionales y a las bestias carentes de juicio…

Penetre nuestro ánimo cierta ambición sagrada para que, no contentos con la mediocridad, anhelemos alcanzar lo superior y nos esforcemos por conseguirlo con todas las fuerzas (puesto que podemos, si queremos). Desdeñemos las metas terrestres, despreciemos las celestes y, teniendo en menos, finalmente, todo lo que hay de mundano, corramos hacia la corte ultramundana inmediata a la excelsa divinidad…

Estas cosas son, Padres reverendísimos, las que no solo me animaron, sino que me impulsaron al estudio de la filosofía. Y que ciertamente no tenía intención de exponer de no ser para replicar a éstos que suelen recriminar el estudio de la filosofía en los varones principales en particular y, de una forma general, en los que viven una existencia de nivel mediano. Pues todo este filosofar (tal es la desgracia de nuestra época) es más motivo de desprecio y de escarnio que no de honor y de gloria. Y de esta manera ha invadido casi las mentes de todos este convencimiento fatal y monstruoso de que, o no hay que filosofar en absoluto, o lo tienen que hacer unos pocos…’

 

Texto extraído de: Giovanni Pico Della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre, PPU, S.A., Barcelona, 2002.