La II Intempestiva de Nietzsche

La II Intempestiva fue escrita entre los años 1873 y 1874 bajo el nombre de Sobre la utilidad y  el perjuicio de la historia para la vida.

Friedrich Nietzsche escribió este pequeño libro a la edad de 29 años;  en él refleja una crítica sobre la Historia explicada en forma de ensayo o diálogo consigo mismo, donde van concretándose sus reflexiones sobre el sentido que ésta posee para el ser humano.

El prefacio de dicha obra empieza diciendo: “Por lo demás, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato”. Con estas palabras de Goethe, a modo de un Ceterum censeo expresado enérgicamente, quisiera comenzar nuestra consideración sobre el valor o la inutilidad de la historia. En ella se describirá en realidad por qué la enseñanza sin vivificación, por qué el saber en el que se debilita la actividad y por qué únicamente la historia como preciosa superfluidad del conocimiento y artículo de lujo ha de resultarnos, según las palabras de Goethe, seriamente odiosa, pues todavía nos faltaría lo más necesario, al no ser lo superfluo sino enemigo de lo necesario. Es cierto que necesitamos la historia, pero la necesitamos de un modo distinto a la del ocioso maleducado en el jardín del saber, pese a que éste contemple con desprecio nuestras necesidades y las considere rudas y carentes de gracia…’

Ahora continuaremos con el libro, pero si queréis saber algo más sobre Nietzsche, entrad  >aquí< y encontraréis una pequeña introducción al autor.

Ahora sí, seguimos como siempre mostrándoos una pequeña selección de párrafos que hemos ido seleccionando de entre el texto escogido para hoy.

Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida

‘Contempla el rebaño que pasta delante de ti: ignora lo que es el ayer y el hoy, brinca de aquí para allá, come, descansa, digiere, vuelve a brincar, y así desde la mañana a la noche, de un día a otro, en una palabra: atado a la inmediatez de su placer y disgusto, en realidad atado a la estaca del momento presente y, por esta razón, sin atisbo alguno de melancolía o hastío. Ver esto se le hace al hombre duro, porque él precisamente se vanagloria de su humanidad frente a la bestia y, sin embargo, fija celosamente su mirada en su felicidad. Porque él, en el fondo, únicamente quiere esto: vivir sin hartazgo y sin dolores como el animal, aunque lo quiera, sin embargo, en vano, porque no lo quiere tal y como lo quiere éste. Así el hombre pregunta al animal: ¿por qué no me hablas de tu felicidad y únicamente me miras? El animal quiere responderle y decirle: “esto pasa porque siempre olvido lo que quisiera decir”. Entonces, también se olvidó de esta respuesta y calló, de modo que el hombre se quedó asombrado.

Pero también se asombró de sí mismo por no poder aprender a olvidar y depender siempre del pasado; y es que cuanto más lejos vaya, cuanto más rápido corra, esa cadena siempre le acompaña. Es asombroso: ahí está el instante presente, pero en un abrir y cerrar de ojos desaparece. Surge de la nada para desaparecer en la misma nada. Sin embargo, luego regresa como un fantasma perturbando la calma de un presente posterior. Continuamente se separa una hoja del libro del tiempo, cae y se aleja aleteando para, de repente, volver al seno del hombre.  Entonces, al mismo tiempo que el hombre dice “me acuerdo”, envidia al animal que olvida inmediatamente mientras observa cómo ese instante presente llega a morir realmente, vuelve a hundirse en la niebla y en la noche desapareciendo para siempre. …

… ¡En qué situación tan antinatural, artificial y, en cualquier caso, tan indigna ha de caer en este tiempo que sufre de la formación general la más veraz de todas las ciencias, la diosa desnuda más sincera, la filosofía! En este mundo de obligada uniformidad exterior, ésta no es ya sino el monólogo erudito del paseante solitario, pieza de caza del individuo, secreto de alcoba o chisme insustancial entre académicos ancianos y niños. Nadie se atreve a cumplir la ley de la filosofía consigo mismo, nadie vive filosóficamente con esa sencilla fidelidad que obligaba al hombre antiguo, dondequiera que estuviera y cualesquiera que fueran sus impulsos, a comportarse como estoico en el caso de haberse ya comprometido filosóficamente con la Stoa. Hoy todo filosofar moderno está limitado de manera aparentemente erudita, policial y políticamente, por gobiernos, iglesias, academias, costumbres y por la propia cobardía de los hombres. …

…¿Para qué existe el “mundo”? ¿Para qué existe la “humanidad”? Estas son preguntas que por ahora no nos interesan, a menos que queramos ser más alegres y joviales en el escenario del mundo que toda la presuntuosidad de esos pequeños reptiles llamados hombres. Por eso más bien pregúntate para qué existes tú, el individuo, y si nadie puede decírtelo, entonces intenta en algún momento justificar el sentido de tu existencia a posteriori, fijando una finalidad, una meta, un “para esto” un “para esto” elevado y noble.  Y perece en el intento –yo no conozco que exista mejor finalidad de la vida que perecer intentando lo grande y lo imposible: animae magnae prodigus. Si, por otro lado, las doctrinas del soberano devenir, de la fluidez de todos los conceptos, tipos y especies, de la falta de toda diferencia cardinal entre hombre y animal –doctrinas que considero verdaderas a la vez que mortíferas- siguen siendo difundidas a la gente durante mucho más tiempo dentro del marco educativo actual, entonces nadie deberá sorprenderse si esa gente sucumbe a la estrechez y mezquindad, a la petrificación y al egoísmo, esto es, que se desintegren y dejen de ser personas. Puede entonces que surjan en la arena del futuro sistemas de egoísmos individuales, asociaciones con fines de explotación rapaz de no asociados u otras creaciones similares de vulgaridad utilitaria. Para comenzar a despejar el terreno de estas creaciones se siguen escribiendo y buscando las leyes de la Historia desde el punto de vista de las necesidades derivadas de las masas, esto es, según las leyes del movimiento de las capas arcillosas más bajas de la sociedad. Sin embargo, las masas solo me parecen un modelo útil en tres sentidos. En primer lugar, como copias borrosas de los grandes hombres, aunque copias realizadas sobre un mal papel y con arquetipos ya gastados; en segundo lugar, como resistencia frente a lo grande; y, en último lugar, como instrumento de lo grande. Por lo demás, ¡al diablo con ellas y sus estadísticas! ¿Cómo que hay leyes en la Historia, según demuestran las estadísticas? ¿Leyes? Sí, pero lo que demuestran no es sino lo general y angustiosamente uniforme que es la masa. ¿Se deben llamar leyes a los efectos de la fuerza de la gravedad, la tontería, el remedo, el amor y el hambre?…

… Dicho cristianamente: el diablo no es sino el regente y el maestro del éxito y del progreso;  él es, en todos los poderes históricos, el poder propiamente hablando y por ello lo seguirá siendo en lo esencial, pese a que esto pueda sonar mal en los oídos de una época que está acostumbrada a la divinización del éxito y del poder histórico.’

Texto extraído de: Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (II Intempestiva), Friedrich Nietzsche, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003.